Cuando quiero llorar no lloro.

Si, si... es el título de una novelaca impresionante... pero es que me parece oportuno plagiarlo.

El caso es y para darle punto y final al tema (que estoy hasta las narices ya) que soy una inepta social. Habéis aprendido a amarme a pesar de ello y seguro que hasta hace gracia, comulga con mi mala leche, mi facilidad para el insulto rebuscado, mi humor negro, mi pedantaria y con todo lo políticamente incorrecta que puedo llegar a ser.

Lo cierto es que fuera de mi reducidísimo circulo social o de mi trabajo (en el que me pagan por ser amable) mi comportamiento deja mucho que desear; sufro verborreas continuas sin dejar hablar a nadie y escapo de los bares como alma que lleva el diablo, dejando literalmente abandonados a mis compañeros. Me pongo borde y casi iracunda con mis semejantes, suelto más tacos que nadie que conozca y cambio de tema sin ninguna consideración con mi interlocutor. Vamos, que talento para quedar como una auténtica gilipollas, me sobra.

Doy asco.

Y no me siento orgullosa de ello.

Hay algo que tengo roto y no se donde está el repuesto. Me río para no llorar y no torturarme en mis ratos de psicoanálisis con mi almohada, pensando en lo que me puedo estar perdiendo ahí fuera, en ese mundo donde las personas saben como comportarse con sus semejantes y yo, por más que busco, no encuentro la puerta.

Yo también espero que las víctimas de mi ineptitud no encuentren este blog en mucho mucho tiempo.

Haciendo nuevos amigos

Resulta que somos como somos; por experiencia personal puedo decir que intentar ser otra cosa, resulta baladí. Para casi todo en la vida, hay un método: para atarse los cordones de las zapatillas, para despejar una incógnita, preparar un huevo frito, ligarse a un tío o hacer nuevos amigos. ¡Si amigos, si! Exponiéndome a quedar como una loca, afirmo que existen métodos sociales para hacer amistad; evidentemente muy flexibles, maleables y adaptables... y el nuestro resulta curioso.
Una de nosotras propone un nuevo fichaje. Un crack de tío, amable, guapo e inteligente y se lo lleva de fiesta orgullosa de presentarle a sus maravillosas amigas, que contentas de pasárselo tan asquerositamente bien, y en pleno delirio tremens ¡euforia! ¡Jarana! ¡Champán y pilinguis! y de madrugada y las risas y las caderas meneadas...todo lo bien que lo pasan, van y lo extravían en algún local nocturno, cada una marcándose su tanto en excusas que van desde el ser realmente una Alejandra, hasta serios problemas intestinales y triste final de un par de calcetines!
¡Juerga, Jaleo, alegría!

El síndrome de Estocolmo

¿Es qué estamos secuestrados por nuestras ideas? No se por que, pero empieza a resultarme bochornoso el hecho de que muchos de nosotros nos pongamos tercos e inflexibles con el asuntillo de los idealismos, los valores con los que nos identificamos, o las máximas de las tribus urbanas a las que pertenecemos. Es una mezcla entre patidifusidad y naucea, encontrar a mis amigos cayendo en discusiones absurdas, defendiendo las ideas como si de un dogma se tratase, de manera literal e intransigente; cosa que otrora tenía adjudicada a personas faltas de criterio propio, que van repitiendo lo que oyen de otras sin ningún tipo de argumento en el que fundamentarlas, sólo por el hecho de que suenan bien...esto, sólo me ocurría con los tópicos clasistas, homófobos, xenófobos, racistas o sexistas, que tras largos años de acidez estomacal ahora me entran por un oído y me salen por el Orto... ¿Será qué estamos cayendo en la idiotez de tomarnos esta actitud como propia? ¿No se supone qué nuestras ideas comulgan? ¿Tanta es la necesidad de aferrarnos a nuestras ideas políticas (que son heredadas de otros) que sufrimos en nuestro comportamiento social del síndrome de Estocolmo?